Pensaba que si me tocaba iba a desvanecer con el calor de su roce, como si en sus manos estuviera el poder de derretirme y al menor contacto con mi tambaleante existencia, me iba a descalabrar como un iceberg en el desierto, aunque la noche era bastante fría como para permitirlo... tan diferente a otras tantas donde mi piel nunca llegó a sospechar que mi amor no fue suficiente para que la vida se empeñara en alejarnos.Las palabras flotaban en el aire, el espesor de los sentimientos no dejaba que traspasaran el pecho, después de más de seis años de ausencia en nuestras vidas, tirados en ese sofá, cada uno contaba lo que había sido de su vida, siempre con el cuidado de hablar sólo con el cerebro y no con el corazón. Recordé que en un segundo mi suelo fue un abismo, alguna vez. Después de tantas lunas enumerando cicatrices, finalmente estaba ahí, creyendo en oportunidades.
No hizo falta que su calor me tocara para que mi mundo se convirtiera en manantial, la magia de sus palabras abrió mil compuertas y sobre su pecho me eché llorar cuando por primera vez me pidió que me quedara a su lado. En sus años de ausencia y de presencia en mi vida, siempre anhelé una noche como esa, con algo de aliento le pude confesar mi ilusión de envejecer a su lado.
Las cicatrices volvieron a ser heridas y sobre su pecho volví a llorar cuando entendí que la vida se me fue detrás de un sueño que parecía cumplirse. Los farolitos nocturnos en complicidad con la luna, uno a uno se fueron a dormir, ya no era fría la noche, una vez más, lo volví a amar como en el pasado y como en el futuro que nunca descarté, pero esta vez con la certeza de que esa noche, no era una oportunidad lo que nos regalaba la vida, era nuestra despedida.
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